¡VENGAN TODAS LAS NACIONES!

Por : Richard Serrano

“Por causa del Señor tu Dios, por el Santo de Israel que te ha honrado, llamarás a gente que no conocías; pueblos que nunca te conocieron correrán a ti” (Isa. 55:5, RVC).

Una invitación hecha pacto y promesa. Isaías 55 se enmarca en el anuncio de una época nueva que estaría para inaugurarse. Esa época estaría signada, entre otras cosas, por la equitativa repartición y el pleno disfrute de los bienes de la tierra. En principio, es una promesa de restauración para Israel, pero el pueblo del Señor vendría a ser apenas el instrumento usado para hacer extensivas sus bendiciones a las demás naciones de la tierra. De esta manera, en este proyecto divino las promesas hechas a David (55:3) ya no serían solo para él y su familia, ni siquiera para un solo pueblo; las promesas incluirían a todos los pueblos de la tierra. El tono del anuncio profético es de alianza. Dios establece un pacto con su pueblo, con la misma solemnidad y fidelidad con que lo hizo con David (55:3).

El mensajero asume las funciones de un pregonero ambulante (55:1-2) que, a viva voz, ofrece bienes de gran calidad y demanda. Acá viene lo impensable: todos los pueblos están invitados a venir y adquirir sus productos de balde, ¡no hay que pagar! Se detallan estas características de semejante invitación:

a) es inclusiva: “Todos ustedes…”,
b) se hace con premura: “… Los que tienen sed…; los que no tienen dinero…”,
c) se plantea con esplendidez y abundancia: “Vengan a las aguas; y ustedes, los que no tienen dinero, vengan y compren, y coman. Vengan y compren vino y leche…”,
d) es gratis: “… Sin que tengan que pagar con dinero”.
Los bienes ofertados, de alguna manera, evocan el agua y el pan del éxodo, la leche y la miel de la tierra prometida, el vino de la comida pascual y la abundancia de la vida buena que se afirma en Deuteronomio.

El pacto que encontramos en Isaías 55 hemos de verlo, pues, tanto en su sentido histórico como en su sentido teológico o escatológico. Históricamente, alude a la restauración del Israel desterrado a causa de su desobediencia o infidelidad (1 Sam. 8:1-20), el cual tenía que volverse al Señor para su repatriación (Jer. 31:1-4). Teológicamente, las promesas que acompañan la restauración y el retorno sirven de anticipo al tiempo de gracia para todos que encuentra su cumplimiento pleno en Jesús, el Mesías de Dios. El trato de Dios a Israel nos ilustra hoy su trato en Cristo para todos los que respondan positivamente a su invitación.

Una invitación puesta en contexto de actualidad. Esta invitación no se hace hoy en el vacío. Puede y debe ser vista en medio de situaciones reales. Dios sigue llamando, por medio de su pueblo, a individuos, familias, pueblos y naciones que lidian con circunstancias concretas de apremio. ¿Cómo se traduciría esta invitación del Señor para las personas que, por razones diversas, voluntaria o forzadamente, dejan sus tierras en busca de mejores condiciones de vida para ellos y para sus seres queridos? En nuestra región, la migración figura entre los principales temas de interés y controversia social. El caso venezolano, y más recientemente el centroamericano, así lo evidencian. ¿Desde dónde nos acercaremos a estas realidades tan complejas? Intentemos una mirada desde Isaías 55:1-7.

Lo primero, cuando pensamos en migración o movilidad humana, sin quererlo, despersonalizamos nuestro abordaje. Lo reducimos al fenómeno social, al tema de estudio o discusión, al hecho noticioso o anecdótico, en fin, que lo es. Pero es más que eso. Deberíamos ponerle rostro de gente de carne y hueso. Así, no solo es importante la cuestión de la “migración”, sino responder a lo que viven y requieren los “migrantes”. Son personas con necesidades integrales. Tienen rostros e historias como las nuestras. Isaías se dirige a personas que padecen sed, experimentan hambre y cansancio, carecen de condiciones mínimas para suplir sus necesidades fundamentales. Pero no solo eso, son personas que en su afán de resolver sus apremios físicos y materiales muchas veces pierden de vista otras necesidades tan o más importantes como las que les presiona: “¿Por qué gastan su dinero en lo que no alimenta, y su sueldo en lo que no les sacia? Escúchenme bien, y coman lo que es bueno; deléitense con la mejor comida” (55:2). La pregunta del mensajero evoca el llamado de atención de Jesús a la multitud que le seguía con intereses difusos: “Trabajen, pero no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para vida eterna, la cual el Hijo del Hombre les dará; porque a éste señaló Dios el Padre” (Juan 6:27). Con todo, resulta notable que a ninguno privó Jesús del alimento necesario.

Segundo, ya lo hemos asomado, la invitación es inclusiva y humana. Se basa en las necesidades humanas, no en las posibilidades sociales, materiales o económicas financieras. Es como si dijera: “Si son seres humanos con necesidades, ¡bienvenidos!” No importa su gentilicio, color de piel, estrato social, ni su poder adquisitivo. En principio, basta con que sean humanos con necesidades reales. En una sociedad como la nuestra, obsesionada con la productividad, que toma decisiones en función del capital y los títulos, es fácil terminar “cosificando” a las personas. Tristemente, nuestra cultura parece dada a la lógica de amar las cosas y usar a las personas, en lugar de, siguiendo el modelo de Jesús, amar a las personas y usar o administrar las cosas. Así, pues, es comprensible que los migrantes que tienen dinero para gastar incomodan menos o definitivamente no molestan; los que tienen cualificaciones o prestigio son reconocidos y bienvenidos.

Tercero, Isaías nos desafía a abrir las puertas, las manos y el corazón a otros, conocidos o no, parecidos o no. “Por causa del Señor tu Dios, por el Santo de Israel que te ha honrado, llamarás a gente que no conocías; pueblos que nunca te conocieron correrán a ti” (55:5). Nuestra tendencia es preferir a los que son como nosotros. Los que tienen otro color, otra fisionomía, otro acento, vienen de otro lugar, son distintos, nos generan sospecha, nos incomodan. Es curioso que un judío promedio aceptaba como prójimo solo a otro judío como él; para ello, judío y todo, incluso, debía contar con ciertas características rituales y de conducta. Nuestra cultura, abierta o veladamente, nos tienta a mirar al otro como “amenaza” o “peligro”. Hay que cuidarse de los “otros”. “Ellos” son muchos. “Nosotros” somos del lugar, mejores, con derechos y mucho para cuidar. La mayoría de las veces el otro no hace sino revelar nuestros miedos, complejos, encierros y mezquindades. Vale acá la exhortación del Señor a su pueblo: “No engañarás ni maltratarás al extranjero, porque también ustedes fueron extranjeros en Egipto. No afligirás a las viudas ni a los huérfanos. Si llegas a afligirlos, y ellos me piden ayuda, yo atenderé su clamor” (Éxo. 22:21-23). Y, con más razón, conviene la de Jesús: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. Éste es el primero y más importante mandamiento. Y el segundo es semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mat. 22:37-39).

Cuarto, el pueblo de Dios es responsable de anunciar y demostrar su amor a todos. Todo lo que se promete en este pasaje de Isaías se fundamenta en el Señor: “Por causa del Señor tu Dios…” (55:5). El móvil principal de todo lo que haga el pueblo de Dios tiene que ser el amor de Dios y su demostración suprema está en Jesús. Corresponde al pueblo de Dios, a los seguidores de Jesús, reflejar ese amor a los que hoy se llegan a nosotros. Se nos da la oportunidad para compartirles el Evangelio de Jesús y demostrarles con hechos que en él hay buenas noticias para esta vida y para la venidera: “Inclinen su oído, y vengan a mí; escuchen y vivirán. Yo haré con ustedes un pacto eterno…” (55:3). En ocasiones, oramos porque personas de otras naciones sepan de la vida abundante en Jesús (Juan 10:10), y luego cuando vienen a nosotros solemos mirarles solo con los lentes de las leyes o al fragor del pulso de las discusiones o noticias, que son lecturas que hay que dar; pero no los miramos con lentes de la fe y el amor cristiano. Si no somos nosotros, ¿quién más les mirará conforme a los ojos, el corazón y los planes de Dios?

Una respuesta para que haya “conversión”.  La invitación de Isaías no se trata de meras promesas sin compromisos. Dice: “Escúchenme bien…”. Esta es la demanda de oír con la disposición de obedecer al Señor. Y el llamado a la obediencia es a todos, lo que implica volverse a Dios, “conversión”: “Busquen al Señor mientras pueda ser hallado; llámenlo mientras se encuentre cerca. ¡Que dejen los impíos su camino, y los malvados sus malos pensamientos! ¡Que se vuelvan al Señor, nuestro Dios, y él tendrá misericordia de ellos, pues él sabe perdonar con generosidad!” (55:6-7). Pero no nos llamemos a engaño pensando que la conversación es solo para los “otros” y no para “nos-otros”. ¿No es este, acaso, un llamamiento a nuestras propias conversiones? ¿De qué pensamientos y actitudes tendremos que convertirnos como sociedad al no responder a otros y sus circunstancias como lo hizo o haría Jesús? ¿Recordamos el llamado de 2 Crónicas 7:14?: “… Si mi pueblo, sobre el cual se invoca mi nombre, se humilla y ora, y busca mi rostro, y se aparta de sus malos caminos, yo lo escucharé desde los cielos, perdonaré sus pecados y sanaré su tierra”. Siempre parece más fácil mirar la paja en el ojo de los “otros” que sacar la viga de los ojos de “nos-otros”.

Algunas preguntas que orienten nuestra reflexión y acción:

  • ¿Con qué “lentes” miramos lo migratorio y a los migrantes?
  • ¿En qué sentido la invitación de Dios en Cristo es también para ellos?
  • ¿Qué tan dispuestos estamos a compartir las bondades de esta tierra con otros seres humanos en apremio?
  • ¿Por qué se tiende a mirar al otro, a todos, solo como amenazas?
  • ¿De qué maneras podemos y debemos anunciar y demostrar el evangelio a los que dejan sus tierras por razones variadas y complejas?
  • ¿Qué posibilidades tenemos, como cristianos y como iglesias, al tener que tratar con personas que no conocíamos y responder a personas que corren a nosotros?